La arqueología saca a la luz las claves ocultas del mayor desembarco aeronaval jamás visto
Corría junio de 1944 cuando el teniente Nathan Baskind, un oficial de mejillas sonrosadas y gesto burlón, pisó las arenas de Normandía al mando de una unidad de cazacarros M-10, temidos por las tripulaciones de los panzer alemanes. Su periplo no terminó el Día D, sino semanas después. El 23 de aquel mes, mientras reconocía los alrededores de Cherburgo en un jeep, fue capturado por soldados del Tercer Reich. Lo ejecutaron y lo arrojaron a una fosa común. Allí permaneció más de ochenta años, hasta que la investigación arqueológica identificó sus restos y concedió descanso definitivo a una familia que lo buscaba desde 1945. Si quieres profundizar en los episodios que marcaron aquella contienda, te recomendamos consultar una amplia selección de libros sobre la Segunda Guerra Mundial.
Una disciplina que dialoga con el pasado
La arqueología y la historia caminan juntas en el vasto escenario de la campaña de Normandía, una de las más largas y sangrientas del frente occidental. Sin embargo, el catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Quesada Sanz recuerda que la urbanización descontrolada y el exceso de turismo han frenado la expansión de las excavaciones. Aun así, la investigación sobre el terreno puede aportar dos grandes valores: reconstruir la microhistoria de cada rincón y revalorizar el patrimonio desde una perspectiva social.
“Aunque este episodio es uno de los más estudiados por la historiografía, el trabajo de campo puede aportar dos cosas: conocer la microhistoria sobre el terreno y poner en valor el espacio desde el punto de vista patrimonial.”
Javier Noriega Hernández, historiador y arqueólogo subacuático de la empresa spin-off de la Universidad de Málaga Nerea Arqueología Subacuática, añade que las excavaciones son una forma alternativa de memoria: conservan las huellas de la batalla tanto en tierra como en las aguas que vieron llegar a la armada aliada.
“La arqueología de Normandía comienza en el mar; durante años ha proporcionado innumerables imágenes de naufragios, buques hundidos y carros de combate anfibios que se lanzaron hacia las playas, pero que nunca llegaron.”
El Muro Atlántico: hormigón, minas y una obsesión enfermiza
La campaña aliada para tomar la costa francesa comenzó casi al mismo tiempo que la obsesión de Adolf Hitler por defenderla. Desde 1941, los alemanes levantaron fortificaciones desde Noruega hasta el norte de España: búnkeres, alambre de espino, artillería.
En enero de 1944, el mariscal de campo Erwin Rommel recibió la orden de reforzar el entramado conocido como Muro Atlántico. En pocos meses, el llamado Zorro del Desierto dispuso más de medio millón de obstáculos y entre cuatro y seis millones y medio de minas. Su advertencia a los oficiales fue rotunda.
“La guerra se ganará o se perderá en las playas. Solo tendremos una oportunidad de detener al enemigo, y es mientras está en el agua.”
La Organización Todt diseñó una familia de búnkeres estandarizados denominados Regelbauten. Fernando Quesada lo explica con precisión:
“Se idearon modelos fijos numerados por series, de la 1 a la 704, y para cada uno se establecieron desde la cantidad de hormigón necesaria hasta el número de puertas de acero con las que contaba.”
El más empleado en la costa gala fue el de la serie 600, compuesta por 108 modelos. La idea era que nada quedase al azar: puestos de observación, refugios, nidos de ametralladora.
Pero la realidad impuso su ley. La escasez de cemento, ferralla y puertas blindadas obligó a construir conforme a los materiales disponibles. Quesada insiste en que la arqueología ha demostrado cómo se aplicaban las normas sobre el terreno.
“En la última etapa de la guerra, el ejército alemán estaba carente de todo, así que recurrieron a prácticas como reducir el grosor de las paredes de los refugios o a eliminar algunos de los accesos para no tener que protegerlos.”
Un ejemplo significativo es el Regelbau 622B. Según los planos, debía alojar a veinte soldados (diez por habitación), con dos accesos protegidos por esclusas antigás y puertas reforzadas, y esquinas en ángulo recto. El ejemplar hallado en el desfiladero de Pointe du Hoc, cerca de la playa de Omaha, muestra otra realidad: solo se construyó una entrada, se añadió un pequeño cuerpo anexo para descanso con muros más delgados y salida directa al exterior, y se achaflanaron las esquinas para resistir mejor los impactos.
El Día D, visto desde el fondo del mar
Las previsiones de Rommel acabaron cumpliéndose: la invasión solo podía detenerse en la orilla. Los Aliados lo sabían y por eso organizaron la mayor operación anfibia de todos los tiempos para el 6 de junio de 1944. Javier Noriega resume las cifras.
“En 24 horas, más de 7.000 embarcaciones transportaron a 175.000 hombres y sus equipos, incluidos 50.000 vehículos de todo tipo, a través de 60 a 100 millas de aguas abiertas para asaltar las posiciones alemanas.”
Aquel día, unas 4.000 lanchas y buques de desembarco, en su mayoría LCVP (Landing Craft, Vehicle, Personnel), desafiaron las balas y los obuses en las playas de:
- Omaha
- Gold
- Juno
- Utah
- Sword
En el año 2000, la Subdivisión de Arqueología Subacuática del Comando de Historia y Patrimonio Naval de Estados Unidos rastreó el lecho marino a lo largo de veinte millas de costa. Con magnetómetros, sonares de barrido lateral, vehículos operados por control remoto (ROV) y sistemas de ecosonda multihaz, localizaron y documentaron las pérdidas estadounidenses durante la invasión.
El resultado fue revelador: alrededor del 80% del patrimonio cultural subacuático descansa en el fondo del Canal de la Mancha. El estudio confirmó que el desembarco estuvo a punto de convertirse en un desastre. Muchos de los famosos tanques Sherman DD, provistos de faldones flotantes, se hundieron antes de alcanzar la arena. Aun así, Noriega subraya que los datos geofísicos demuestran el esfuerzo de sus tripulaciones por llegar a tierra.
“Los datos geofísicos nos hablan de un testimonio de valentía y determinación.”
Si te atrae el equipamiento bélico de la época, puedes encontrar obras dedicadas a los carros de combate de la Segunda Guerra Mundial.
La tierra que aún conserva la metralla
No solo el mar guarda memoria. La costa normanda todavía presenta cicatrices visibles. En 2011 se publicó un estudio del geólogo Earle McBride, de la Universidad de Texas, basado en muestras recogidas en 1988. Con microscopios electrónicos, McBride halló miles de microfragmentos de metralla magnética y diminutas esferas de hierro y vidrio fundidas por las altísimas temperaturas de los bombardeos.
Noriega lo cuenta con un dato escalofriante: hasta el 4% de la arena está compuesto por metales que la batalla dejó tras de sí. El mar, las tormentas y la erosión podrían tardar otro siglo en limpiarla.
La retaguardia alemana, bajo el bosque de Andaines
La arqueología también ha explicado lo que ocurrió después del Día D. Quesada recuerda que en 2006 un equipo liderado por el arqueólogo David Capps Tunwell estudió las posiciones germanas en el bosque de Andaines, a algo más de cien kilómetros de la costa. Mediante prospección geofísica y detectores de metales localizaron los depósitos logísticos de la retaguardia: almacenes de combustible y munición, refugios y caminos subterráneos.
La investigación demostró que su ubicación los protegió de los bombardeos aliados: solo el 40% de las bombas lanzadas alcanzó su objetivo. Esa inferioridad aérea obligó a los alemanes a reorganizarse de forma constante. Finalmente, los Aliados tuvieron que conquistar aquellos depósitos por tierra, y no llegaron hasta el 14 de agosto de 1944.
La arqueología normanda sigue desenterrando episodios poco conocidos de una contienda que transformó Europa. Para saber más sobre los escenarios de esta batalla, puedes consultar guías e historias sobre las playas de Normandía.
Contenido original en https://www.abc.es/historia/arqueologia-desentierra-verdad-mayor-desembarco-aeronaval-historia-20260803011252-nt.html
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