La arqueología de los campos de batalla: una herramienta revolucionaria frente a los mitos históricos

📅 20/07/2026

Según los relatos clásicos, la batalla de Baecula, ocurrida en el año 208 a.C. en la actual provincia de Jaén (Andalucía), representó el primer gran triunfo de Publio Cornelio Escipión en suelo hispano. Las crónicas narran que su contrincante, el cartaginés Asdrúbal Barca, sufrió pérdidas tan devastadoras que tuvo que huir precipitadamente hacia los Pirineos acompañado de sus elefantes. Sin embargo, la evidencia arqueológica ha revelado una historia muy distinta. Fernando Quesada Sanz, catedrático de Arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid, sostiene que en realidad se trató de una escaramuza menor: una maniobra de retaguardia donde Asdrúbal engañó a las legiones romanas con tropas ligeras para escapar con su ejército principal rumbo a Italia.

Este caso ilustra cómo el estudio científico de los escenarios bélicos puede transformar por completo nuestra comprensión del pasado. Pero sus beneficios van mucho más allá de corregir crónicas antiguas. El arqueólogo belga Simon Verdegem, especialista en el tema, destaca que la excavación de estos lugares humaniza las frías cifras de las fuentes históricas: «En lugar de meras estadísticas, nos topamos con individuos. Una cuchara, una pipa, un reloj de bolsillo o una bota remendada nos recuerdan que no eran simples soldados, sino personas con costumbres, familias, miedos y esperanzas».

Para adentrarse en esta disciplina, resulta imprescindible conocer sus fundamentos. Por eso, recomendamos consultar obras como Arqueología del conflicto, que ofrecen una visión completa de los métodos empleados.

Más allá de la tierra firme: el patrimonio sumergido

Los campos de batalla terrestres no son los únicos que han ayudado a desmontar leyendas. Javier Noriega Hernández, historiador y arqueólogo subacuático de la spin-off de la Universidad de Málaga Nerea Arqueología Subacuática, subraya que los pecios y restos de combates en el mar constituyen «un patrimonio arqueológico de extraordinario valor, cuya importancia histórica y social ha sido frecuentemente olvidada». Un ejemplo cercano lo encontramos en el mito de la Gran Armada de Felipe II: durante siglos se afirmó que fue derrotada por la Royal Navy, pero los restos hallados en las costas de Irlanda y Galicia demostraron que los huracanes fueron los verdaderos causantes de su destrucción.

«Cada pecio conserva una información excepcional sobre el grado de desarrollo alcanzado por las distintas civilizaciones», afirma Noriega.

El punto de inflexión: Little Bighorn y el nacimiento de una subdisciplina

Fue en 1983, al otro lado del Atlántico, cuando la arqueología de campos de batalla vivió su momento fundacional. Las excavaciones en el lugar donde el Séptimo de Caballería se enfrentó a los nativos americanos (la batalla de Little Bighorn) marcaron un antes y un después. Según Quesada, «es una metodología específica orientada a un tipo particular de yacimiento, que aplica técnicas adaptadas a las peculiaridades del espacio y del tiempo. Sirve tanto para conflictos prehistóricos como para escenarios de la Primera Guerra Mundial».

El experto diferencia esta subdisciplina dentro de un ámbito más amplio: la arqueología del conflicto. Esta última «abarca muchos más aspectos, como los logísticos, ideológicos, económicos o sociales», explica. Su campo de estudio trasciende el combate e incluye el sufrimiento de la población civil, las fortificaciones, o las consecuencias materiales derivadas de la guerra.

Para quienes deseen explorar este tema, existen publicaciones como Historia militar y arqueología, que recogen los hallazgos más relevantes.

Objetos del conflicto: mucho más que armas

Nicholas Saunders, profesor emérito del Departamento de Antropología y Arqueología de la Universidad de Bristol, amplía el concepto: «Existen numerosos lugares donde se han producido conflictos —no solo campos de batalla— alrededor de los cuales orbitan mil elementos afectados por la contienda. Los llamados objetos del conflicto pueden ser cualquier cosa, no solo tanques o armas; pueden ser productos de las consecuencias de la batalla en el territorio, como monumentos conmemorativos, paisajes contaminados, cultivos deteriorados o nacimientos de animales o humanos deformes».

Esta perspectiva enriquece enormemente la investigación, ya que no se limita a lo bélico sino que abarca la huella total de la guerra en la sociedad y el entorno.

Cuando la arqueología corrige a los cronistas

Una de las aportaciones más fascinantes de esta ciencia es su capacidad para contrastar y enmendar las fuentes escritas. Quesada cita un ejemplo paradigmático: el desembarco de Normandía. «El ejército alemán tenía una normativa muy precisa para construir fortines en las playas: número de habitaciones, grosor de paredes… Pero al excavar los restos te das cuenta de que los ingenieros hacían lo que podían. Si faltaba hormigón, construían muros más delgados». Esta misma dinámica ya ocurría en la antigüedad, como en el asedio de Alesia, donde cada oficial adaptó las órdenes de Julio César a sus necesidades.

Además, la arqueología permite reconstruir el desarrollo exacto de una batalla, información que a menudo omiten las crónicas. En la ciudad cordobesa de Montemayor (la antigua Ulia, siglo I a.C.), el estudio del terreno confirmó que allí se libraron dos combates (48 y 46 a.C.) entre pompeyanos y cesarianos, y también las direcciones de los ataques. «Sabemos que asaltaron la zona por el norte y por el sur gracias a las concentraciones de proyectiles de honda y a su estado: partidos por el impacto contra una muralla», detalla Quesada.

Poner a las personas en el centro del estudio de la guerra

Alfredo González-Ruibal, arqueólogo e investigador del CSIC, defiende que esta rama «permite analizar la violencia colectiva de forma comparativa desde los orígenes de la humanidad y a nivel global, estudiando desde las experiencias de un soldado de a pie hasta los crímenes de guerra, todo desde la vida cotidiana y la dimensión afectiva de la violencia, tal como queda reflejada en los objetos y los lugares».

González-Ruibal ha aplicado esta máxima en sus excavaciones sobre la Guerra Civil española. «En la Ciudad Universitaria de Madrid, a los pies del Clínico, localizamos los restos del banquete con el que las tropas sublevadas festejaron el final de la guerra el 28 de marzo de 1939. Encontramos huesos de cordero, botellas de vino y jerez, y lo más significativo: botellas de sidra, que se entregaban a la tropa en momentos especiales». Eso, afirma, muestra el conflicto de una forma más humana.

Para comprender mejor estas técnicas, resulta útil consultar Arqueología de la Guerra Civil española, que profundiza en los hallazgos recientes.

Identidad y memoria a través de los restos humanos

Verdegem añade que «gracias a los restos humanos, la arqueología proporciona el contexto para entender quién era esa persona, cómo murió e incluso recuperar su identidad. Se trata de reconectar a los seres humanos con su propia historia y asegurar que quienes desaparecieron no caigan en el olvido». No obstante, advierte que estos individuos «solo pueden comprenderse a través de su entorno; sin el contexto adecuado —trincheras o refugios que expliquen dónde y cómo lucharon— solo contarían una parte de la historia».

El mundo submarino: tumbas y documentos históricos

Noriega insiste en que los pecios ofrecen información clave sobre el pasado: «Los barcos de guerra constituyen documentos históricos que reflejan el nivel tecnológico y económico de las sociedades que los construyeron. Permiten conocer la arquitectura naval, la organización de la vida a bordo, las capacidades industriales y los avances científicos de cada época». Lamentablemente, muchos campos de batalla submarinos permanecen insuficientemente investigados, como Trafalgar, bajo cuyas aguas reposan numerosos buques de la flota franco-española. «Un paisaje cultural cuya investigación resulta esencial para comprender el cambio de equilibrio político y marítimo», señala.

«Uno de los ejemplos más representativos es el pecio del acorazado USS Arizona, hundido en Pearl Harbor. La aplicación de estudios de ADN ha permitido identificar individualmente a numerosos tripulantes, armonizando la investigación arqueológica con la recuperación de la memoria personal y colectiva», concluye Noriega.

Para quienes se interesen por esta vertiente, existen recursos como Arqueología subacuática y pecios, que exponen los métodos y descubrimientos más actuales.

La arqueología de los campos de batalla: una herramienta revolucionaria frente a los mitos históricos

Contenido original en https://www.abc.es/historia/campos-batalla-pasado-enterrado-destruye-mitos-historia-20260720005720-nt.html

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