El aristócrata español que forjó un vínculo único con el descubridor de Tutankamón

📅 07/06/2026

Corría el 3 de noviembre de 1925 cuando el arqueólogo británico Howard Carter redactó una carta desde Luxor dirigida a Jacobo Fitz‑James Stuart Falcó, decimoséptimo duque de Alba. En ella describía con emoción la imagen de la momia del joven faraón:

“Una momia, primorosamente envuelta, del joven rey, con máscara de oro de expresión triste pero tranquila, simbolizando al gran dios Osiris. Nos hallábamos en presencia de la semejanza de Tutankamón, hasta ahora conocido solamente de nombre.”

Aquella misiva representa el punto de partida de una fascinante historia de colaboración que situó a España, durante unos años, en el epicentro de la egiptología mundial. El hallazgo de la tumba del faraón niño, ocurrido en 1922, había conmocionado al planeta; pero el eco que alcanzó en nuestro país se debió en gran medida al entusiasmo y la labor de mecenazgo del duque de Alba.

Una amistad cimentada en la admiración mutua

El libro Tutankamón en España. Howard Carter, el duque de Alba y las conferencias de Madrid, obra de los arqueólogos Myriam Seco y Javier Martínez Babón, reconstruye minuciosamente la relación entre ambos personajes. Los autores, galardonados con el Premio Manuel Alvar de estudios humanísticos que otorga la Fundación José Manuel Lara, han buceado en el archivo de la Casa de Alba para rescatar cartas, documentos y testimonios que demuestran el estrecho vínculo que unió al descubridor de la tumba con el aristócrata español.

Seco y Martínez Babón señalan que este lazo permitió que las investigaciones más punteras sobre el antiguo Egipto llegaran con rapidez a la Península. De hecho, el propio volumen sobre Tutankamón y el duque de Alba recoge decenas de intercambios epistolares que revelan una profunda confianza y un interés compartido por la egiptología.

Las inolvidables conferencias de Howard Carter en Madrid

El fruto más visible de esa amistad fueron las cuatro conferencias que Howard Carter pronunció en la capital de España: los días 24 y 26 de noviembre de 1924, y el 20 y 22 de mayo de 1928. Fueron organizadas por la Residencia de Estudiantes y el Comité Hispano-Inglés, entidad presidida por el propio duque de Alba.

En la primera visita, el arqueólogo viajó con todos los gastos cubiertos, se alojó en el palacio de Liria y recibió 80 libras esterlinas por las dos ponencias. En la segunda ocasión, también se hospedó en la residencia madrileña de la Casa de Alba. Las presentaciones se ilustraban con diapositivas que habían sido enviadas por valija diplomática desde la embajada de España en Londres, lo que demuestra el enorme apoyo institucional que recibió el proyecto.

El éxito fue rotundo. Un periodista que asistió a la segunda cita de 1928 escribió:

“Jamás hubiéramos sospechado que la egiptología tuviera en Madrid tantos adeptos apasionados.”

La sala de actos de la Residencia de Estudiantes se quedó pequeña. El público abarrotó también el Teatro Fontalba en 1924 y el Teatro Princesa cuatro años después, adonde se trasladó la segunda jornada de disertaciones. Intelectuales, aristócratas y el propio rey Alfonso XIII escucharon en directo a Carter, quien había protagonizado el mayor hallazgo de la arqueología egipcia: los tesoros intactos de la tumba de Tutankamón.

La prensa y el eco internacional

Los medios madrileños recogieron con enorme detalle cada intervención. La revista francesa Mercure de France informó de las novedades presentadas por el arqueólogo y también de los actos sociales que rodearon su estancia, como una cena homenaje celebrada en el hotel Ritz. La cobertura fue tan amplia que, según los autores del libro, la biografía de Howard Carter habría quedado incompleta sin este capítulo español.

Sin embargo, Seco y Martínez Babón lamentan que aquel impulso no se aprovechara para consolidar la egiptología en el ámbito académico y universitario español: “Siempre se ha prestado más interés a Roma, Grecia o la historia antigua de la península Ibérica”, señalan. A pesar del entusiasmo popular, la disciplina no logró asentarse entonces en las instituciones de enseñanza superior.

El periplo de las diapositivas por España y América

Una de las facetas más curiosas que revela el archivo de la Casa de Alba es el recorrido que siguieron las diapositivas de Carter después de las conferencias. Universidades, ateneos, centros culturales y todo tipo de entidades solicitaron el préstamo de aquellas imágenes. Un ejemplo especialmente llamativo ocurrió en la localidad asturiana de Llanes: con apenas una semana de diferencia, se presentaron dos solicitudes independientes, una del párroco y otra de una sociedad de obreros.

Pero el éxito del préstamo también trajo problemas, sobre todo retrasos en la devolución. El propio duque de Alba lo destacó al presentar la primera disertación de 1928:

“Las conferencias que han provocado [las diapositivas] se cuentan por muchos cientos, y a más alcanzarían si el entusiasmo de muchas poblaciones que solicitaban el favor del préstamo por contados días no les hubiese llevado a guardar las bellas imágenes durante muchas semanas.”

Este deseo de poseer las imágenes durante más tiempo del acordado demuestra el enorme impacto visual que tuvieron las proyecciones de Carter. Hoy, desgraciadamente, aquellos materiales se consideran perdidos, pero el archivo documental permite reconstruir su itinerario.

Perfiles de los protagonistas y el mito de la maldición

El libro de Seco y Martínez Babón no se limita a la crónica de las conferencias. También ofrece un acercamiento humano a los tres grandes nombres de esta historia: el faraón Tutankamón, el arqueólogo Howard Carter y el decimoséptimo duque de Alba. Este último había visitado Egipto por primera vez en 1908, de camino a una cacería en África Oriental. Llevó a su esposa de viaje de bodas en 1920 y, trece años después, viajó con su hija Cayetana, quien recordaría aquella experiencia en la conferencia que el egiptólogo Zahi Hawass impartió en 2009 en la Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla.

Además, la obra dedica un capítulo completo al fenómeno de las maldiciones egipcias. Según los autores, la leyenda tiene su origen en advertencias reales escritas a la entrada de algunas tumbas para disuadir a posibles saqueadores. La literatura gótica europea y americana del siglo XIX explotó ese motivo, pero fue la muerte de lord Carnarvon, promotor de las excavaciones de Tutankamón, ocurrida cinco meses después del descubrimiento, lo que avivó la leyenda. “Carnarvon había vendido la exclusiva del descubrimiento a The Times, y eso provocó que los demás periódicos recelaran. Tras su muerte, avivaron la historia de la maldición”, explican Seco y Martínez Babón. Esta narrativa, alimentada por la prensa sensacionalista, perdura hasta nuestros días como uno de los grandes mitos de la egiptología.

El aristócrata español que forjó un vínculo único con el descubridor de Tutankamón

Contenido original en https://www.diariodesevilla.es/ocio/duque-Alba-admiro-Tutankhamon_0_1148285643.html

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